
Paco Vinatea
Mi amigo, José Blas, me pide que le responda a esta tópica y típica pregunta: ¿Por qué escribe Paco Vinatea? ¿Y por qué firma con ese alias, cuando su nombre es Francisco Fernández Martí? Me anticipé diciéndole que mi firma no era un “alias” –tal que un delincuente-, sino un seudónimo de haberme hecho a mí mismo, sin ningún agradecimiento –cual acostumbran a hacer los yanquis mercantilistas-, pero sí con todas las dedicatorias; incluso al lector desconocido, como hacían los romanos con sus dioses penates. En cuanto a la pregunta principal podría responderle a la gallega: ¿por qué ponen huevos las gallinas? Pero él y ustedes merecen una respuesta más clara, más razonable, digo. Yo comencé a escribir en un parvulario de monjas, dibujando mi nombre con tiza sobre un pizarrín colgado del cuello. Paquito F. Paquito F. Paquito F. Y así, tropecientas veces. En medio de la calle, donde los martes se abría un mercado ambulante, hasta la de san Juan de la Cruz, había una palmera adulta, firme y bien bragada en su madurez de dátiles de miel, que los niños comíamos con la ansiedad del hambre de los años cincuenta, mientras esperábamos que vinieran a recogernos nuestros hermanos mayores, tíos, padres o abuelos. Mientras tanto, yo sujetaba la mano de mi hermana María del Carmen, dándole dátiles maduros para que no llorara. Muchas veces tuve que llevarla, andando a casa, cogidita de la mano, porque nadie venía a recogernos. María del Carmen lloraba, y yo la arrastraba a pulso porque habíamos de llegar a casa sin peligro de tranvías o de coches de madera. La lluvia era muy fina, lo recuerdo, pero acababa empapándonos; y por eso yo le ponía mi chambergo porque no pasara frío ni se mojara. No teníamos ni un céntimo para comprar un membrillo asado en el quiosquillo de la calle Sagunto, ni siquiera unas bolitas de anís en el puesto de doña Asunción; pero ella nos decía, dándonos pan de higo y cromos de futbolistas, que ya le pagaríamos cuando fuéramos famosos. ¿Famosos de qué?, decía yo, cuando ni siquiera pensaba en escribir. Pero ella se dio cuenta y me dijo: “Paquito: tú tienes don, pero hay que estudiar mucho”. Y pasaron los años. Después de haber muerto ella, descifré el enigma de lo que quiso decirme: “Paquito: tú eres tú. ¡Sigue tu propio evangelio!” ¿Qué evangelio a seguir? ¿El de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana? ¿Adaptarme al régimen residual de la dictadura, dura o blanda, lo mismo que el turrón de Jijona? ¡No! ¡De ninguna manera! Mi padre triunfó como anarquista en la gélida batalla de Teruel, y mi madre no alzó el brazo en alto cuando los militares franquistas desalojaron el Hotel Rialto donde se alojaba el gobierno republicano de España; y ella trabajaba de pinche de cocina, con diecisiete años. No sabía ni leer ni escribir. Era una dona forta cual diría María Beneyto, a la que tanto amé en mi triste juventud.; y la perdí por idiota, porque yo no valía todavía, o así lo llegué a creer. Me llevaba un cuarto de siglo. ¡Era tan guapa ella! Un amigo me dijo que tenía la cara de cerámica, tal que una pura geisha maquillada con polvo de arroz, y su pekinés perrito ladrándome desde su regazo, quizás por celos o qué, parecía envidiarme. Nunca se sabe qué sienten los buenos animales de grata y fiel compañía. Lo digo por mi tórtola que se me antojó comprar en la pajarería Rojo, Dos de Mayo, próxima a la fuente artificial, en cuya esquina vive, desde hace muchísimos ayeres, mi amigo Blas. Y es que uno recuerda, a pesar del olvido, los quereres. Ya lo decía el amargo Luis Cernuda: “Donde habite el olvido”; y yo le respondí: “…anidarán las sombras que recuerdan la luz reparadora”. Entiéndanme ustedes si consienten o, es decir: si tolerar es consentir, complacer, restituir lo uno por lo otro. ¿Qué sé yo? Sólo soy un libertario, uno que va por libre, pero es responsable de todo lo que hace y apechuga con todo lo que haga falta.¿Cómo se come esto? ¡Yo qué se! Sólo se que me sostengo, como “Sostiene Pereira” frente a la adversidad de una revolución necesaria, pero también oportuna para que no manden otros, y los sufridos paganos, contribuyentes, sigan llenando las arcas del estado gobernante que dilapida el sudor de sus débiles paisanos. ¡No puede ser eso así! No se debe permitir tamaña tropelía. (¡Y mira que no quería meterme en estos fregados! Y es que, presentarme así, parece que da grima; pero vamos a lo nuestro de una vez). No acabo de estar de acuerdo con lo que he leído del cántabro Álvaro Pombo en su última novela, donde dice: “Narrador es el que prefiere narrar a vivir; un infeliz que vive defectuosamente, pero que lo cuenta a la perfección”. [Pombo, Álvaro: La previa muerte del lugarteniente Aloof. Barcelona: Anagrama, 2009. Narrativas Hispánicas. Pág 132]. Esto podría servir para autores como Kafka o Dostoievski, dos autores notables, de quienes jamás aceptaría una copa en un bar o un local privado; ni tampoco del autor de El extranjero, uno de los autores más jóvenes del Premio Nobel en literatura: 1957, año en que yo me vestí de escritor fabulador –aunque también narrador, a mi manera. Con la aplastada colilla de un lápiz de carpintero que me regaló mi tío Joaquín, después de la riada de Valencia y antes de marchar a Jerez de la Frontera, funcionario de la RENFE, yo me hice escritor profesional pintando mis versos y mis cuentos sobre las encaladas paredes del patio del Hogar Rey don Jaime de Auxilio Social, en Buñol. Eran tiempos tan bonitos y tan tristes que yo me preguntaba qué iba a ser de mí, qué iba a hacer el día de mañana. Decidí ser escritor porque pensaba cosas. Y ya, con nueve años de hambre y de romero y tomillo que bajaba desde el Monte de la Cruz, recibí el Premio Internacional de Cuentos por el Día Internacional del Niño. Me hicieron un traje de pana las costureras para recibir el premio decentemente en un gran teatro de Valencia. ¡Qué vergüenza! Acompañado por mi maestra y la directora del Hogar. Repitieron mi nombre varias veces porque a mi no se me veía, de lo chico que era, caminando hacia las tablas del escenario. ¡Cien pesetas! Todo un lujo: pipas, tebeos, tirachinas, almendras garrapiñadas y un plumier de madera. Era cienpesetario por haber escrito un cuento en que contaba cómo gana la guerra un niño montado sobre la bala de un cañón. Era el ambiente bélico de los años de posguerra. Mucha hambre, mucha rabia. Los hijos de los rojos, los jodidos, cuyo único derecho era llegar a ser hombres de provecho A nuestros padres cárcel o paredón, para nosotros hambre, angustia y una pequeña ilusión que nos hacía creer que podíamos ser, en un mañana, buenos hombres de provecho, es decir: unos magníficos cerdos, de pata negra, que disfrutarán los otros, los extraños, aquellos que jodieron a nuestros padres. Muchos y varios premios he recibido hasta hoy; todos por culpa mía, nunca mejor decirlo. Pero, si me preguntas, de nuevo y otra vez, amigo Blas, por qué escribe Paco Vinatea, cuyo nombre civil reconoces como Francisco Fernández Martí, te diré que escribo porque escribo, de la misma manera que la gallina pone huevos. Y me hago llamar Vinatea motivado por el subconsciente individual. De niño, cuando íbamos a la playa en el verano a bañarnos, siempre alguien decía: “¡Anem per el carrer de Vinatea!”. Y me quedé con la copla. Con los años sabría que Françesc Vinatea el primer jurado de Valencia que se enfrentó sin armas a Alfonso IV de Aragón, 1333, por defender los Fueros de Valencia. Ahora su estatua preside la plaza central; y los niños venturosos ignoran quién fue el Caudillo, Emilio Castelar o Cristo que lo fundo. Aún así, me pregunto: “¿para qué escribo yo?.” Y no puedo tirarme de los pelos.
Paco Vinatea

No hay comentarios:
Publicar un comentario