lunes, 17 de mayo de 2010

Érase una vez una ciudad de altos vuelos

Un pueblo llamado Lilliput

Érase una vez…, allá a primeros del siglo XXI, más o menos entre los años 2001 y 2010…, que una población del entorno de Madrid, cuyo nombre no viene a cuento, pero que bien pudiéramos llamar hoy, veinte años después, Lilliput; que tuvo un peculiar alcalde llamado Gulliver, famoso por los cuentos de la lechera con los que el regidor engatusaba a sus convecinos. A tal extremo llevó su fantasiosa entelequia urbanística, que prometió hacer flotar la ciudad colgándola de fabulosos globos aerostáticos: que si un puerto seco del Atlántico, que si un Parque Tecnológico emblemático, que si un Bicentenario patriotero de carácter global, que si una Ciudad del Ocio para los jóvenes, que si un Palacio de Congresos, que si un Anillo de Polideportivos, que si la Escoba de Oro, que si dos Hospitales públicos en exclusiva, que si…, ¡que sí!, tanto y a tan alto rango de Gran Ciudad que los otros pueblos de alrededor acatarían que 'el mejor modo de cascar los huevos hervidos' era por su lado más angosto. Aquel Gulliver convirtió en convidados de piedra a sus adláteres (lo del primus inter pares se quedó tan solo en primus), acalló las discordancias ciudadanas (pagando silencios mediáticos con hipotecas de futuro de suelo mancomún), engordó famélicos lameculos con chichas y nabos públicos y, lo que es peor, pasó sus dos mandatos vendiendo castillos en el aire para unos cándidos administrados que, tenían ya bastante con llegar a final de mes como para cuestionar las alegrías pantagruélicas y tartufas de su regidor. La portada de uno de los boletines municipales de aquel entonces, claro en papel couché, expresaba la realidad política de Lilliput: era la foto de las Azores con la promesa de la 'única ciudad de la región con dos hospitales de calidad y gratuitos'… Pero, hete aquí que de golpe, se asomó la crisis financiera de las subprimes, se retrajeron los bancos, se vino abajo la financiación municipal sin el cash de los desarrollos de suelo y la construcción de viviendas, llegó la falta de competitividad nacional para innovar recursos, se refundó (¡¿?!) el capitalismo, y… el cántaro de la lechera se vino al suelo: ¡pincharon los aerostáticos de Gulliver! La flotante Lilliput se quedó como siempre: madurando generaciones a ritmo de tantán. Sin embargo aquella ciudad dejó de ser el despiporrio, volvió a su realidad subsidiaria, y su Gulliver, que sin dinero perdió toda credibilidad, se fue a hipotecar vientos y roles en otros escenarios más cómodos de la política. Aquello fue hace dos décadas, más o menos sobre el año 2008…

José Blas Ramón Bustos

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