domingo, 16 de mayo de 2010

Gente como yo

“ Castellanos de Castilla,/ tratade ben ós galegos;/ cando van, van como rosas;/cando vén, vén como negros”. ROSALÍA DE CASTRO


Gente como tú trabajaría por sólo seiscientos euros, me dijo la señora nada mas llegar a su casa. No pregunto qué tipo de trabajo, ni dónde o quién la ha informado o que significa “como yo”. Para que se sorprenda le podría decir que en mi tierra las frutas saben muchísimo mejor, que las flores tienen un perfume que se nota a un montón de metros de distancia, que los pasteles son mucho más ricos, el verde es mucho más verde, que los bosques son más refrescantes y los veranos menos sofocante; esto último se lo diría justo cuando se queje del calor. Ahora pienso que no es lo más adecuado, que igual me iba a preguntar por qué estoy aquí si tengo tantas cosas maravillosas en mi tierra, igual haría como que no me escuchaba. ¿Puedo ser mala yo con una persona que en dos años cumplirá noventa y preguntarle si se imagina viviendo en mi país o si a tenido algún familiar necesitado de emigrar a otro país por buscarse la vida trabajando honradamente en cualquier tajo? No, quizás mejor explicarle que la crisis arregla ya este problema de muchos inmigrantes, ya no vienen tantos o incluso se van; pero me quedo calladita y escondo mi cara. Estoy sonriendo. Justo me imagino cómo se indignaría en el otro extremo de Europa de algunos desarreglos y, aun más, del frió que hace en invierno. No es mala persona, sino que tiene estos pensamientos. Y he notado, también, que no la importan tanto mis contestaciones, sino decirme cosas. Así, mientras por la tele dan en las noticias una información de robos con implicación de extranjeros ella grita:”¡ que se vayan todos, que los echen de aquí!”, al unísono con su hija. De repente se dan cuenta que yo también lo soy, extranjera venida de muy lejos y que me necesitan: pero tú no, tú quédate, me dirige la palabra esta vez en tono más cordial. Estoy a punto de replicar, no me da tiempo a decir una palabra, ni me presta atención. Yo ¿para que tomarla en serio a ella? Tampoco a su hijo, cuando está de visita, contrariado de todo, por ejemplo, en su localidad ¡un veinte por ciento son foráneos! ¿Qué es esto?, pincha el aire con la pregunta retórica. Por cierto me gustaría devolverle el pinchazo diciendo que sin “gente como yo” tenia que venir a limpiar la casa de su madre cada vez que le llegara el turno y que dé gracias al cielo que no necesita salir de su país. Pero no, ellos no representan a la gente de España sino las enfermeras y los médicos que me atendieron muy bien, los que tuvieron paciencia por entender mis palabras salpicadas del extraño acento extranjero, las personas que se levantan en el metro, dos-tres a la vez, para que se siente un anciano, los que me sonríen después de pisarle los talones con mi prisa en llegar del autobús al metro y del metro hacia el tren y los muchos otros que me ayudaron superar una enfermedad; A los españoles tampoco les representan la chica drogadicta que me pidió tres euros por comprarse un medicamento enseñándome una receta que no era tal y al decirle que no tenía, me dijo que no quería darle dinero y me grito: ¡emigrantes de mierda llegáis aquí y os dan trabajo”!”. Le contesté que si tengo trabajo ella aún más podía encontrarlo, por ser oriunda de aquí, pero en aquel momento se enfureció tanto que levantó la mano por pegarme; yo le dije de llamar a la policía y me contestó, riendo, que ellos son sus amigos. Yo sólo temía que, mareada como estaba por la quimioterapia pudiera caer fácil al suelo. Alguien se acercó por el callejón y después de alejarse ella volvió a intentar, una vez más, darme una paliza y preguntándome si sabia qué problema tenía: cómo no, drogadicta, le dije. Habría sido inútil contarle los míos y, cómo después de pasarme el efecto del tratamiento me iba con el metro a trabajar, bajando por la mañana un rato en Batan o Lago por el mal que sentía. No se cómo se ha metido en la droga y a quedado tirada en la calle. No soy yo quién para juzgarla, pero no acepto que nadie me pegue. Y salí del callejón oyendo cómo ella gritaba a mi espalda un ultimo “desgraciada”. Yo, para mis adentros, le repuse: ”¡drogata perdida!”. Que nadie se preocupe: no llegó la sangre al río. En todo país, cuando llega la crisis se suele echar la culpa a los inmigrantes, a mi me ha pasado, yo viví en unos cuantos países, se bien lo que me digo, me contó un señor gallego un día; Pero hay que aguantar, resistir, y seguir nuestro camino. En mi tierra hay un dicho que dice: “ Los perros ladran, el oso pasa”. Así que sigo pensando, no en la vecina que no me contesta a mi saludo de los buenos días por el simple hecho de que soy extranjera a la vez que sus hijos, por seguir su ejemplo de desprecio, me tocan, insolentes, el timbre de la puerta, para divertirse toda vez que pasan por mi rellano, sino en la otra vecina que nos atendió a los trabajadores, abriéndoles la puerta varias veces por algunas reparaciones del piso donde vivimos. Además, después de pasar cuatro años aquí me alegro con las buenas y me enfado con las malas, como si fuera ya mi país. He conocido muchos lugares y mucha gente, me gusta la música española, el jamón, las fiestas, y ver la gente paseando alegre por la Puerta del Sol, y si mañana tuviese que partir, no me arrepentiré en ningún momento que me he pasado por aquí, a pesar de todo. De la vida nos quedamos con los lugares que hemos visto y la gente que hemos conocido, me decía Pilar, una sabia y encantadora mujer española. Todos somos gente, ni más ni menos, depende de cada uno, y de las circunstancias de su vida. Irónicamente, hoy, las autoridades no recuerdan más, en sus discursos, el apoyo de los inmigrantes en la economía del país. Los tiempos que corren no se lo permiten. Pero llegar a decir que la crisis es culpa de los inmigrantes, como decía un ciudadano, en un programa de radio, ya es ignorancia. Supongo que en mi tierra, si fuera en la misma situación que España, pasaría igual o peor, la escasez trae malos gestos, la pobreza muestra, a veces, crueldad y avaricia, los humanos se pelean aun siendo de la misma familia. También reconozco la existencia de bandas de ladrones, carteristas o algunos isidros que me fastidian más que los de aquí. Lo único que pretendo es tratar a cada uno como se merece. Hay gente de toda clase en cualquier rincón del mundo y delante de los ladrones van los miles de obreros humildes, pero honestos, que hacen trabajos lejos de sus profesiones y preparaciones, de sus casas, sus hijos o sus padres, por salir adelante en la vida, cada uno con su historia a veces más tremenda que el tremendismo en si; y quien a vivido esta experiencia comprende muy bien lo que digo. Al fin y al cabo casi todos hemos emigrado por lo menos de una tierra a otra, de oriente a occidente, norte a sur, este a oeste. Y es que casi todos somos, de un modo u otro, emigrantes por la vida, “gente como yo”.

Llueve sobre la lluvia. ¡Y esta bien! Pero yo estoy llorando sin consuelo. Las flores de mi país florecen a mayor distancia de mis ojos. Sigo llorando…y río. La vida puede ser bella, e incluso divertida. ¡Son tan frescos los bosques de mi tierra, y huelen tan bien sus flores…!

Elena DumitruPopescu

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